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Hinduismo y Budismo: similitudes y diferencias



Hinduismo y Budismo: similitudes y diferencias

En las Upanisad, atman es un concepto central. El atman es el “yo”, la conciencia, el alma espiritual. Ese atman es inmortal, a él se pegan los efectos de nuestras acciones, el karman. En las Upanisad, Brahman pasa a significar la esencia última del mundo, el fundamento y origen del Universo, el principio de todo ser y existir. Por debajo de las cambiantes apariencias, el mundo tiene una realidad permanente: el Brahman. En definitiva, el Brahman es el Universo entero, el Todo, el Absoluto.

 

El nombre Upanisad procede de upa-ni-sad y literalmente significa sentarse (sad) bajo o junto a alguien; se refiere al sentarse del discípulo junto al maestro o guru para oír lo que éste confidencialmente le transmita. Podría traducirse por “sentada” o sesión confidencial. Finalmente acabó por darse a la palabra el sentido de doctrina secreta, la doctrina secreta transmitida por un maestro a su discípulo en una sesión confidencial.

 

El karman es el peso de los actos, la huella que los actos dejan en nosotros y que no puede por menos que producir efectos, consecuencias, a la corta o a la larga. No somos libres, pero tampoco estamos determinados por un destino ajeno o una divinidad externa. Estamos determinados por nuestros propios actos pasados, que nos marcan irrevocablemente. Nuestros actos pasados pesan sobre nosotros y forjan nuestro destino.

 

Tras la muerte nuestro atman, nuestro “yo”, vuelve a reencarnarse en otro ser vivo, vuelve a nacer, para luego volver a morir. Y así indefinidamente. Este ciclo fatal e inacabable de renacimientos y muertes es el samsara. Ahora la preocupación viene por el samsara, por romper las ataduras del karman, por salirse del ciclo implacable de los nacimientos y las muertes, de los actos y los efectos, por liberarse. El tema de la moksa (liberación) constituye otro gran tema desarrollado por la especulación upanisádica.

 

Por ignorancia creemos que podemos solucionar nuestros problemas actuando, que mediante actos adecuados (sacrificios, actos de piedad o ascéticos, obras de caridad) podemos incluso conseguir la inmortalidad. Pero eso es un espejismo, una trampa que nos tiende nuestra ignorancia, nuestra avidya, moviéndonos a actuar una y otra vez, atándonos así más y más al samsara. La avidya, la ignorancia, nos impulsa a actuar. Pero la actuación aumenta nuestro karman, el peso de nuestras acciones. Y el karman a su vez produce el samsara, la inacabable serie de muertes y reencarnaciones en que puedan cumplirse todos los efectos de nuestros actos.

 

Avidya, karman y samsara constituyen un círculo maléfico en el que estamos encerrados. Romper ese circulo es la liberación, que es el camino del saber (vídya). Mediante el conocimiento (jnana) intuitivo de la realidad última del Universo y de nuestro yo obtenemos el verdadero saber con que romper la ignorancia (a-vidya) que nos impulsa a actuar, con lo cual lograremos reducir nuestro karman y escapar de las redes del samsara.

 

El núcleo de la doctrina de las Upanisad, la doctrina secreta o confidencial, era la tremenda intuición de que, en el fondo, el atman, el yo”, la conciencia, es idéntica al Brahman, a lo absoluto. El alma de cada uno de nosotros es cono una chispa de ese gran fuego que es el Brahman. Nuestra esencia es la esencia del Universo. En el fondo somos lo mismo que el Todo, que el Absoluto, que el Brahman. Quien sabe esto ha alcanzado la sabiduría.

 

Pero ese chispazo o trozo de Brahman que es nuestro atman, nuestra conciencia, nuestro “yo”, se encuentra enmarañado en los estratos materiales y degradados de la realidad, identificado con lo contingente, olvidado de su propia esencia última. El atman se encuentra ofuscado, perdido, encadenado a la vida y a la muerte, preso de los efectos de sus propios actos, sometido al inacabable destino del samsara, el ciclo interminable de las reencarnaciones y los sufrimientos. Las Upanisad proponen un camino intelectual hacia la liberación, el único eficaz, el que nos lleva por la puerta grande hasta la identificación con el Brahman. Conociendo a fondo nuestro propio “yo” interior y meditando profundamente sobre la realidad última del mundo, sobre el Brahman, podemos llegar a la intuición de nuestra identidad con el Brahman. El conocimiento liberador no es un mero saber, sino una intuición eficaz, una reidentificación con el Brahman, un estado en el que el atman se libera de todo aquello a lo que está apegado.

 

¿Qué pasa después de la liberación? La opinión preponderante es que nuestra individualidad desaparece y nuestro “yo” se funde en el Brahman. “Así como un trozo de sal arrojado al agua se disolvería en el agua, y ya no resultaría posible recoger la sal, pero en cualquier punto el agua es salina, igualmente ese gran ser, infinito, sin limites, todo conocimiento, habiendo surgido de los elementos, desaparece con ellos, pues no hay conciencia tras la muerte”.

 

Buddha acepta las nociones del karman, samsara y moksa, pero rechaza las otras dos nociones brahmánicas: las de Brahman y atman. En eso estriba su heterodoxia. Ve una contradicción entre la concepción optimista de la liberación del alma, del atman, mediante su identificación con el Brahman, y la concepción pesimista del karman. Todo en el mundo y en la vida es impermanencia, fugacidad, todo pasa. Dentro de nosotros mismos no hay ningún “yo” permanente, ningún atman, nada a lo que podamos aferrarnos o salvar, sino sólo una corriente de sensaciones, de fenómenos físicos y psíquicos en perpetua transformación. Fuera de nosotros tampoco hay nada estable, el Universo mismo carece de un fundamento último, no existe el Brahman. Todo, interno o externo, conciencia o árbol, montaña o reflejo en el agua, es fugaz, pasajero y está en continuo cambio y transformación. Esta concepción (que recuerda a la de su contemporáneo griego Heráclito)) del flujo y de la impermanencia universales será aplicada más tarde por los budistas al Universo entero, que se destruye y se recrea a intervalos regulares.

 

En el devenir universal Buddha sólo ve un sufrimiento constante, una pena inacabable, un dolor que todo lo empaña. Cuando uno se da cuenta de ello, lo único que le interesa es escapar a ese sufrimiento, liberarse definitivamente de ese dolor. La iluminación de Buddha consistió en ver claro el problema y ver clara su solución. Las cuatro nobles verdades expuestas en su sermón de Varanasi muestran el contenido de esa iluminación y constituyen la esencia del dharma, de la verdad de la existencia y de la doctrina de Buddha.

 

Buddha era ateo. Admitía los dioses, pero como seres sin excesiva importancia y sometidos al samsara como los demás. No aceptaba ningún ser supremo, ningún creador. Tampoco pretendía ser él mismo ningún tipo de dios, ni de profeta, sino simplemente un hombre que había alcanzado la verdad mediante su meditación individual y que pretendía comunicársela a los demás, para ayudarles a liberarse. Porque en definitiva sólo uno puede liberarse a si mismo, y ningún dios ni ningún humano pueden ayudarle en esta tarea. Tampoco era Buddha un filósofo interesado en exponer una cosmovisión coherente y completa. Él era un terapeuta que conducía a las criaturas afligidas por el sufrimiento hacia su autoliberación. La finalidad era práctica, no teórica. De nada sirve preguntarse si el Universo es eterno o no, finito o infinito, de si el alma es lo mismo que el cuerpo o algo distinto. Todo eso sólo sirve para distraer al discípulo de la cuestión importante: la liberación del dolor. No son asuntos útiles que conduzcan a la aversión del mundo, al despegue, a la cesación del dolor, a la tranquilidad, a la realización completa, al nirvana.

 

Las cuatro nobles verdades

 

1) Toda la existencia está impregnada de sufrimiento, dolor , pena, miseria, frustración y decepción ante la impermanencia y caducidad de un mundo en continuo flujo, donde no hay nada a lo que agarrarse. Al afirmar esto, Buddha rechaza toda noción de sustancia, de permanencia, de “yo”, e insiste en la inestabilidad de la vida mental.

2) El origen del sufrimiento se encuentra en el ansia de vivir, en la sed de vida, de placer, de posesión. El santo budista es el que logra liberarse de ese ansia de vivir, no experimenta ningún deseo, ha logrado extirpar la noción de “yo”.

3) La supresión total de los deseos y pasiones, de sed de vivir, nos conduce a un estado de serenidad y tranquilidad absolutas, en el que ya no acumulamos karman, nos libera del círculo del samsara y nos conduce al nirvana o extinción. Quien alcanza el nirvana ya no vuelve a renacer. Cuando llega la muerte, el santo que ha alcanzado el nirvana realiza el paranirvana, la extinción total, la muerte definitiva, la total ausencia de dolor, la nada. Buddha se negaba a especular sobre el nirvana; de lo que se trata es de alcanzarlo, no de especular sobre él.

4) Esta verdad indica el camino que conduce al nirvana, que es un camino de ocho sendas. Tres de esas sendas resumen la moralidad: la palabra correcta, conducta correcta y modo de vida correcto. Otras tres sendas resumen la ascesis, la práctica budista del yoga: esfuerzo correcto, recuerdo correcto y meditación correcta. Yoga significa
“yugo”, disciplina. La disciplina ascética de los budistas recorre cuatro etapas: (1) sometimiento riguroso de los sentidos al propio control mediante ejercicios respiratorios y otros semejantes; (2) fijación del pensamiento en un solo punto apartándolo así de su vagabundeo habitual; (3) meditación, en la cual el espíritu se ha liberado ya de todas las pasiones y sensaciones, con lo que finalmente puede llegar a (4) la contemplación o éxtasis, en la que desaparece la distinción entre sujeto y objeto.